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Saliendo adelante en India

Author(s):
International Monetary Fund. Communications Department
Published Date:
March 2019
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Las mujeres luchan por derribar los obstáculos a la creación de empresas

Ashlin Mathew

Rupali Shinde pudo ampliar su empresa familiar gracias a un préstamo de la Fundación Mann Deshi.,

Radhika Baburao Shinde tenía apenas 12 años cuando la casaron con un camionero 10 años mayor. La enviaron a vivir con él y su familia a Satara, un distrito apartado y expuesto a sequías a 330 kilómetros al suroeste de Mumbai. Dejó la escuela y se puso a trabajar en la granja familiar.

Después de que nacieron sus hijos —una niña y dos varones— quiso darles una vida mejor. En los pueblos de India, donde se calcula que 833 millones de personas viven con menos de USD 3,20 al día, les toca a las mujeres como Shinde ocuparse de sus hijos y asegurarse de que tengan para comer. En 2014, un encuentro casual la ayudó a romper el círculo de la pobreza. A su pueblo llegaron empleados de la Fundación Mann Deshi, que dicta cursos de técnicas empresariales y otorga préstamos a mujeres de zonas rurales. Por un precio simbólico, ofrecían capacitación en distintos oficios. Shinde tomó un curso de sastrería de 120 horas y aprendió todo lo necesario para poner en marcha un pequeño negocio en su barrio, además de trabajar en la granja. Así comenzó a ganar el equivalente a USD 5 mensuales para los gastos de sus hijos, una suma considerable en una zona donde el ingreso medio de los hogares era inferior a USD 70.

A su familia política no le cayó bien. No querían que su nuevo negocio la distrajera del trabajo en el campo.

“Hubo muchas peleas, pero al final accedieron”, recuerda.

Participación en la mano de obra

La Fundación Mann Deshi, gestionada por mujeres, fue fundada en la década de 1990 y se dedica con otras organizaciones a derribar barreras sociales, jurídicas y económicas a la actividad empresarial de las mujeres en India. A pesar del rápido crecimiento, la desigualdad de género en el sector económico se ha mantenido obstinadamente elevada. Así, se ha echado a perder un enorme potencial humano, entorpeciendo las iniciativas para reducir la pobreza en el segundo país más poblado del mundo.

La grave situación de las mujeres en India probablemente se refleje en su tasa de participación en la fuerza laboral, del 27% en 2017, casi un tercio de la de los hombres. En este indicador, India ocupa el puesto 120 entre 131 países, según datos del Banco Mundial. A las mujeres empresarias no les va mejor. Según el sexto censo económico, de 2014, solo el 14% de las mujeres indias dirigen o son propietarias de un negocio. Más del 90% de las empresas dirigidas por mujeres son microempresas, y el 79% se autofinancian.

Annette Dixon, Vicepresidenta del Banco Mundial para Asia meridional, reveló en marzo pasado que las mujeres representan solo el 17% del PIB de India, por debajo de la mitad del promedio mundial. Explicó que, si la mitad de las mujeres indias participasen en la fuerza laboral, el ritmo de crecimiento económico anual se incrementaría en 1,5 puntos porcentuales, hasta 9%.

El Global Gender Gap Report 2018 [Informe sobre la brecha de género mundial] del Foro Económico Mundial correspondiente a 2018 clasifica 149 países con arreglo a cuatro parámetros: participación y oportunidad económica, grado de instrucción, salud y supervivencia, y autonomía política (véase Bajo la lupa en el presente número de F&D). En el cómputo global, India se sitúa 108.ª, con una muy mala puntuación en dos categorías: salud y supervivencia, y participación económica.

No sorprende, pues, que el país ocupe las últimas posiciones en los índices de iniciativa empresarial. En el índice de mujeres emprendedoras Mastercard de 2018, India ocupaba el puesto 52 de un total de 57 países, entre Irán y Túnez. Dicho índice analiza el acceso a financiamiento, los avances logrados y la facilidad para hacer negocios, entre otros.

“Muchas veces la presión y la oposición se producen en el seno de la familia, porque los estereotipos sociales obligan a las mujeres a ocuparse principalmente del hogar”, asegura Aparna Saraogi, cofundadora de la Fundación WEE (Women Entrepreneurship and Empowerment, o Fundación para el empresariado y el empoderamiento de las mujeres). “La falta de servicios de guardería infantil también frena a las mujeres”.

Falta de garantías

Y todavía hay más obstáculos. En general, las mujeres indias no poseen bienes que puedan avalar los préstamos para una empresa emergente. Su grado de instrucción medio es inferior al de los hombres. Y cuando trabajan, reciben salarios inferiores por el mismo puesto que ellos y suelen ocupar puestos de menor calificación en la agricultura o los servicios, a menudo en la economía informal.

La desigualdad de acceso al financiamiento es un gran obstáculo para las empresarias en ciernes, porque todo negocio, aunque pequeño, requiere capital inicial. Según un estudio del FMI de 2018 sobre el cierre de la brecha de género en India y el acceso de las mujeres al financiamiento, un acceso igualitario al mismo, unido al fomento del empresariado femenino, serviría para elevar el PIB y reducir el desempleo. Se lograrían mejores resultados todavía (un incremento del 6,8% del PIB) si India simplificase a su vez las normas del mercado laboral, enormemente complejas, y mejorase la capacitación de las mujeres.

“Para que la economía crezca de forma sostenida entre 9% y 10% en los próximos 30 años, debemos crear ecosistemas que apoyen a toda clase de mujeres emprendedoras”, afirma Sairee Chahal, fundadora de SHEROES, una plataforma comunitaria que conecta a las mujeres con asesores, por teléfono y a través de una aplicación.

La organización ayuda a víctimas de la violencia doméstica, como Sathiya Sundari, del estado de Tamil Nadu, al sur del país. Tras salir de una relación de abuso, carecía de recursos económicos. Se puso en contacto con SHEROES, que la ayudó a abrir un salón de belleza.

“No sabía qué se necesitaba para dirigir un negocio”, recuerda. “SHEROES mandó consejeras, que me formaron, me guiaron y me ayudaron a llevar a cabo una campaña de financiamiento colectivo para que pudiese abrir mi negocio”, cuenta Sundari. Era el año 2017 y se lograron reunir los fondos necesarios en solo seis días. Actualmente, los ingresos del salón rondan las 8.000 rupias (USD 113) mensuales, si bien aumentan a 15.000 rupias entre diciembre y marzo, durante la temporada de bodas. Es más que las 7.269 rupias que ingresan en promedio en los hogares de las zonas rurales de Tamil Nadu.

Otra gran barrera son las desigualdades en la educación. La tasa de alfabetismo de las mujeres indias es de 64%, mientras que la de los hombres es de 82%. No es casualidad que en los estados con un índice de alfabetización mayor haya más mujeres empresarias. La región formada por los cuatro estados más al sur de India y Maharashtra, cuya tasa de alfabetización es superior al promedio nacional, alberga más de la mitad de las pequeñas unidades industriales dirigidas por mujeres, según el sexto censo económico.

Pero incluso en la élite culta de la ciudad, las mujeres empresarias están discriminadas. Meghna Saraogi, residente en Nueva Dehli, es una de ellas. Su aplicación dedicada a la moda, StyleDotMe, permite a los usuarios subir fotos mientras se prueban atuendos y recibir la opinión de otros usuarios en tiempo real. Todavía recuerda sus dificultades para reunir capital en el mundo de la tecnología, mayormente masculino.

“Muchos me preguntaban qué ocurriría con el negocio cuando me casase y tuviese hijos”, cuenta. “Otros no estaban seguros de que una empresa con una mujer a la cabeza pudiese encontrar un inversionista”.

Al final, consiguió dos tramos de financiamiento a través de IAN (Indian Angel Network), por un valor total de USD 322.000 en 2016 y 2017. El año pasado, StyleDotMe lanzó una plataforma interactiva de realidad aumentada para joyería, llamada mirrAR.

El ejemplo del éxito de Meghna Saraogi debería ser la norma, pero no lo es. Padmaja Ruparel, cofundadora y presidenta de IAN, afirma que solo 25% de más de 130 empresas emergentes que conforman su cartera están dirigidas por mujeres. Ruparel cuenta que, de las 10.000 ofertas que analizan cada año, menos de la tercera parte son presentadas por mujeres.

“Las mujeres no buscan modificar normas o políticas, sino lograr una mejor representación y un cambio de mentalidad”, asegura Debjani Ghosh, presidenta de la Asociación Nacional de Empresas de Software y Servicios. “India tiene que madurar y entender que no hay que tener miedo a que la mitad de las empresarias sean mujeres”.

Aun así, hay señales de progreso en el ámbito tecnológico. En la IAN, por ejemplo, las empresas lanzadas por mujeres representaban 10% hace cuatro años y ahora llegan a 30%. Ghosh afirma que “de a poco los inversonistas se han dado cuenta de que hay que fijarse más en la calidad de las ideas que en el género del creador”.

La baja participación de las mujeres en la vida pública podría explicar la persistencia de las barreras formales e informales. En enero de 2017, solo el 19% de los cargos ministeriales y el 12% de los parlamentarios eran mujeres, lo cual sitúa a India en el puesto 148 en un conjunto de 193 jurisdicciones de la Unión Interparlamentaria.

“Falta un mecanismo que permita crear una estructura jurídica eficaz de apoyar el empoderamiento de las mujeres”, afirma Aparna Saraogi de la Fundación WEE. “Debe abordar de forma eficaz el desfase entre lo que prevé la ley y lo que realmente ocurre”.

Chetna Sinha, fundadora de la Fundación Mann Deshi, aclara que muchas mujeres generalmente carecen de los conocimientos y las capacidades para aprovechar las oportunidades. Para corregir este déficit, la Fundación dispone de un servicio de asistencia a empresarias y organiza programas de orientación. Además, dirige escuelas empresariales móviles, un banco para mujeres y una emisora de radio local.

Pero incluso en la élite culta de la ciudad, las mujeres empresarias están discriminadas.

“Nuestro programa hace hincapié en el acceso al financiamiento y su control”, afirma Sinha. “Seleccionamos y capacitamos a las mujeres según sus necesidades”.

Una de las alumnas de la Fundación es Rupali Shinde. Casada a los 14 años con un hombre cuya familia tenía un pequeño negocio de artesanías de cuero, los ingresos mensuales de USD 56 apenas permitían mandar a los dos niños al colegio. Con miras a ampliar el negocio, Rupali pidió un préstamo de USD 1.405 al banco Mann Deshi, pero carecía de los conocimientos para salir adelante. Las asesoras del banco la animaron a realizar un curso de negocios de un año.

“Dejé de ser una analfabeta digital y financiera, y me dieron soluciones prácticas”, asegura. Ahora cinco mujeres trabajan para ella, y los ingresos familiares han aumentado hasta USD 281 al mes, lo suficiente para matricular a su hija en un curso de ingeniería.

Aparna Saraogi cuenta que la Fundación WEE ofrece un programa gratuito de orientación, con una duración de seis meses, para nuevas empresarias del sector tecnológico y no tecnológico, elegidas entre solicitudes de todo el país. Su financiamiento corre a cargo del Departamento de Ciencia y Tecnología de India.

“Desde 2016, hemos asesorado a más de 500 empresas emergentes lideradas por mujeres y capacitado a más de 5.000 mujeres, para que puedan ganarse la vida”.

Algunos programas de capacitación siguen priorizando a los hombres. Skill India, un programa auspiciado por el gobierno, capacita a hombres jóvenes en oficios como plomería, mampostería y soldadura. Pero los cursos para mujeres son de belleza, bienestar y cocina. No hay ninguno que forme empresarias.

Mujeres como Radhika Baburao Shinde han visto a su carrera dar un vuelco inesperado. Con la ayuda de la Fundación Mann Deshi, pudo ampliar su modesto negocio de sastrería y abrir una tienda de telas. Después, asistió a un curso gratuito de seis días sobre cría de animales en un instituto de investigación agrícola local, porque los asesores de la Fundación le dijeron que así podría aumentar sus ingresos.

“Al regresar, comencé a visitar a mis vecinos y a hablarles de la inseminación artificial y las ecografías para las cabras. Inseminé a 100 cabras sin costo alguno, y cuando tuvieron cabritos sanos, la gente comenzó a confiar en mí. Luego, empezaron a llamarme de otros pueblos”. En la actualidad, gana unas 8.000 rupias al mes, y espera ahorrar lo suficiente para poder mandar a su hija de 16 años a la universidad.

Las mujeres emprendedoras como Shinde están abriendo el camino a la próxima generación. No solo se ocupan de que sus hijas se capaciten y puedan abrir negocios propios, sino que son un ejemplo para sus comunidades y ofrecen a las mujeres indias la esperanza de un futuro mejor. FD

ASHLIN MATHEW es redactora del periódico National Herald de Nueva Delhi.

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